El método científico (II)

Solapas principales

Este post es el segundo de una serie de cinco que he publicado previamente en mi blog personal en Blogger, Pitufox27, con algunas reflexiones (muy personales y siempre en clave de humor) sobre la ciencia.

 

 

© H Berends - Science.

 

Es sabido que no existe UN método científico, ya que son numerosas las herramientas que los científicos utilizan para enfrentarse a lo desconocido. Por citar unas cuantas, podríamos ver las siguientes herramientas:
  • Definición de conceptos.
  • Clasificación de conceptos.
  • Recopilación de datos y elaboración de estadísticas.
  • Procedimientos de medición.
  • Creación de hipótesis y deducción de predicciones.
De alguna forma, cuando hablamos del método científico, hemos de asumir que estamos hablando de ese conjunto de herramientas (y de muchas más, claro está). No existe una clasificación única ni tampoco se está de acuerdo con el listado completo de todas las herramientas que existen. Pero sí que podemos establecer las dos bases sobre las que se asienta el método científico. Y es la existencia de esas bases lo que yo percibí como diferencia fundamental entre las ciencias y las letras...
Cualquier afirmación científica ha de cumplir dos principios, lo que hemos llamado bases. Por un lado, cualquier experimento ha de ser reproducible por cualquier persona y en cualquier lugar. Y por otro, toda ley ha de poder ser negada en caso de que aparezcan evidencias de que no es correcta. Dicho en lenguaje simple y directo: un científico no es un gurú ni un mesias, capaz de ver la luz donde el resto de los mortales sólo percibe una triste oscuridad, y una verdad científica sólo es verdad mientras no se demuestre lo contrario, sin que el pobre que descubre la falsedad de la teoría corra peligro alguno de terminar sus días como una vulgar chuleta de cordero cocida a la brasa de una bonita hoguera.

¿Cómo afectaba esta sutil diferencia entre Artes y Ciencias mi juvenil visión del mundo? La diferencia era, para mí, evidente y clara. Un problema de Matemáticas sólo podía tener dos finales... O estaba bien, o había algún error absolutamente objetivo. El resultado era independiente de si esa noche mi profesor había dormido bien, su equipo de fútbol era rival eterno del mío o ambos leíamos el mismo periódico. Dos alumnos distintos tenían la misma nota en caso de que ambos hubiesen hecho bien el mismo número de ejercicios de un examen.

En el maravilloso mundo de las Artes y las Letras, el panorama se me antojaba bastante distinto. Recuerdo que teníamos una profesora de Geografía e Historia que ante dos respuestas idénticas, con el mismo número de faltas de ortografía e igual acierto o fallo en las afirmaciones emitidas, era capaz de poner una nota muy alta si el afortunado alumno había tenido la precaución de subrayar las palabras o frases clave de su exposición, a modo de esquema o resumen. En cambio, el alumno que escribía ese mismo texto (u otro equivalente) de la forma habitual, podía ver como su nota era un par de puntos inferior a la del otro... Este extraño comportamiento fue observado por una compañera que tenía la costumbre de subrayar sus respuestas. La lógica conclusión a la que todos llegamos es que la profesora huía de leer todos los exámenes completos (trabajo demasiado aburrido y largo de terminar), saltando de un párrafo a otro. Si le subrayábamos las ideas básicas, no se le escapaba ninguna y podía emitir una nota más justa. Sin comentarios...


© Antoni Tàpies - '34' (Litografía).


Por supuesto, existen muchísimas más diferencias que ilustran lo que descubrí en esa época. ¿Qué hace que un garabato pintarrajeado en una sábana valga miles de euros si en una esquina lleva la firma de un tal Antoni Tàpies y que, en cambio, si es mi hija pequeña la que destrozaba una sábana de la misma forma, lo máximo que podía ocurrir es que su madre le zurrara en el culo? ¡Por favor! ¿Cómo puedo hablar así del proceso creativo, de la magia del arte? ¡Qué poca vergüenza por mi parte! ¿No?

Yo creo que me refugié en las Ciencias porque enseguida descubrí que, si quería aprender algo del mundo que me rodeaba, no tenía más remedio que huir de papanatismos, cotos privados de caza, sectas, egolatrías de patriarcas y prohombres ilustres y demás servidumbres que arrastra detrás suyo el mundo de las Letras y las Artes. En esa época acuñé una frase que suscitaba el cabreo de mis profesores y compañeros de letras: El saber está en las Ciencias; las Letras son culturilla.



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