ANTIGUOS COMPAÑEROS DE VIAJE...

Cuando uno empieza a enfrentarse a la Química no sabe distinguir lo orgánico de lo inorgánico. De alguna forma es como si la Naturaleza se abriera de par en par ante ti, con toda su grandeza y tú te sientes pequeño, ignorante... observándolo todo con infinita curiosidad y ninguna certeza de nada. Los prospectos de los medicamentos que puedes encontrar por casa, al leerlos, te suenan todos a bisulfato de cosa química. Muy interesante, ¡evidentemente!, pero chino para ti...
 
Lector empedernido, hace tiempo que sabes que un tal Demócrito, filósofo de la antigua Grecia, pensaba que la materia no podía estar formada por cosas cada vez más pequeñas hasta el infinitésimo: en algún momento, el proceso de división de la cosa tangible nos debería permitir alcanzar las piezas del rompecabezas con que algún dios se habia entretenido montando nuestro Universo. Esas piezas, como sólo a un filósofo griego se le podía ocurrir, fueron oportunamente bautizadas con el nombre de ἄτομον, es decir, sin división.

Digo, volviendo a mi presente, que uno desde muy pequeño se sentía fascinado por los colores, brillos, texturas y miles de nombres raros de las sustancias que parecían componer un Universo infinitamente enorme y complejo, apenas imaginable y extremadamente misterioso... Pero entre tanta ignorancia, brillaban puntitos tenues de luz, de conocimiento. Descubrir que todo ese Universo enorme e inabarcable se podía resumir en una centena mal contada de átomos que, a su vez, se podían descomponer, pese a su antiguo nombre, en tan sólo tres tipos de partículas: neutrones, protones y electrones, tranquilizaba de forma extraordinaria mi sed de conocimiento y mi turbación ante la enormidad de lo que desconocía.
 
Mucho antes de que un profesor dibujase en la pizarra de una clase un sencillo modelo del átomo de Bohr y me descubriese de golpe y porrazo el porqué de las valencias y, por lo tanto, de las proporciones que intervenían en las fórmulas empíricas, yo ya me había leído todo lo que caía en mis manos sobre átomos, moléculas, estructuras cristalinas, polímeros, biomoléculas, partículas subatómicas, positrones (benditos cerebros positrónicos inventados por el Dr. Asimov...), estrellas fugaces, plasma, auroras boreales, ionosferas, rayos cósmicos, rayos gamma, rayos beta, rayos alfa... ¡Rayos! ¡Mil rayos! ¡Mil millares de mil millones de rayos y truenos! (Como diría el mismísimo Capitán Haddock.)
 
Tampoco desdeñaba (más bien, devoraba) lecturas sobre galaxias, Nubes de Magallanes, Vías Lácteas, Andrómedas, Oriones, campos galácticos sembrados de naves extraterrestres avanzando a velocidades hiperlumínicas... Todo ello bien mezclado y triturado lo más fino posible para no atragantar mi, todavía, fino y novato paladar.
 

 
De tal lluvia de conocimientos científicos, para-científicos y pseudo-científicos, lo que siempre yo sentía como cercano a mí, como no necesitado de análisis o de esfuerzo de comprensión, era lo relacionado con la Química. Sí, he escrito Química en mayúsculas. Pronto, en mi cabeza pre-adolescente, empezaron a entrar sin apenas esfuerzo miles de nombres que, de forma intuitiva, iban formando toda una cohorte de viejos conocidos que, pronto, me permitirían moverme a mis anchas por cualquier texto de Química. Los hidruros, óxidos, sales, ácidos, oxisales, nitruros, carburos, hidrocarburos... poco a poco se convirtieron en eso que he dicho: viejos amigos.
 
Cuando en 8º de EGB (el último curso de la escuela primaria) nuestra profesora de Ciencias Naturales nos hizo memorizar los elementos más representativos de la tabla periódica y aprendernos sus valencias para poder formular y nombrar correctamente los compuestos binarios más sencillos, apenas tuve que hacer nada. Todos ellos me resultaban tan familiares como a otros compañeros de clase les parecían los nombres de mil y un futbolistas de la Liga Española...
 
Yo llegué a la Química por nacimiento. Nací sintiendo que los átomos y moléculas hablaban una especie de lenguaje que, sin saber porqué, para mí era como mi lengua materna.


© JMA - Septiembre, 2010

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